Bolivia: Norte de Potosí

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    Que vivan Llallagua, Uncía y… Chayanta, Macha y Ocurí, dueñas de la rebeldía al norte de Potosí

Coco Manto: katari.org
La rebelión indígena inició en Potosí a la par en que los europeos se dieran a explotar la plata del Súmaj Orcko, hacia 1560. Como nada respetaban los angurrientos, los indios les opusieron todas las resistencias a su alcance.

Desde negarse a ser peones forzados bajo tierra hasta rebelarse y ajusticiar a los injustos. El éxodo en masa era otro recurso para sobrevivir a la cruel modalidad precapitalista de la explotación humana.

Desde muy atrás de la memoria se sabe que Chayanta competía con el pueblo de Sacaca por ser la capital de la Nación Charca, la región mejor organizada que hallaron los hispanos en su paso por esas tierras.

Norte de Potosi. Foto: Daniel Espinoza/ABI

Cuando España desató sus furias para hacerse de la riqueza del Cerro de Potosí, aquellas etnias se juntaron para proteger a su gente, territorios, creencias y culturas.

En el siglo XVI, el dominio hispano redujo al aguerrido norte de Potosí a cuatro regiones: Sakaka, Chayanta, Pocoata y Macha. Así se mantuvieron los lugareños para evitar ser exterminados. Pueblos generosos en minerales, tejidos, agricultura y tradiciones. El tincu, los aguayos y el charango son las heroicas creaciones de esos potosinos.

Toda la centuria de los años 600 se tiñó de sangre y muerte porque los conquistadores hicieron del tejedor y/o agricultor bestia de carga, peón mitayuc (el que tenía una mita, salario). La resistencia fue desorganizada, pero digna.

En ese Potosí combatieron como pudieron los indios canas, canchis y lupacas (peruanos) y los (hoy bolivianos) collas, omasuyos, pacajes, carangas, quillacas, soras, charcas, karakaras, chichas, etc. Los explotadores tenían autorización de la Corona para juntar a 4.500 mitayos por año y obligarles al laboreo en las profundidades de la montaña rica. Salían sólo el domingo para ver el sol y a sus familias.

Los que por salvarse de esa bárbara modalidad habían huido, retornaban a Potosí para ofrecerse como yanaconas, sirvientes sin paga, por unas papas o un puñado de coca al día. Sirvientes, no esclavos.

La resistencia era imaginativa a falta de armas. Los afectados por los abusos de los cobradores de impuestos, por ejemplo, se enfrentaban al poder mediante el “taquiy oncko” (fiebre del canto) o el “tusuy oncko”`(fiebre del baile).

Se juntaban en cualquier parte desde Cusco a Chuquisaca para cantar o bailar en torno a sus huacas. Lo hacían con orgullo provocador, con rabia, en actitud de desafío. En esas prácticas podría estar el origen de la huelga.

Dios bíblico
Pedían a sus dioses Pachacamac, Tunupa y Pachamama que ya rompan tanto silencio y expulsen al Dios bíblico y su corte cristiana que perdonaban crímenes, saqueos, violaciones, etc., es decir todo lo contrario de lo que predicaban los misioneros en el nombre del padre y de su hijo y de su espíritu santo, de Santiago mataindios, de San Pedro y los cantos del gallo delator, de San Jorge vencedor de inexistentes dragones y demás guaraguas de la religión del miedo.

Uno de los mayores focos del descontento era Chayanta. El cacique Tomás Katari enfrentó la violencia de los capangas. Blas Bernal y unos corregidores le habían despojado de su autoridad comunal y en Chayanta, Macha, Pocoata y Ocurí se alzaron los pueblos en apoyo a Tomás. Prisionero maniatado de los conquistadores, aquel héroe fue empujado a un precipicio el 15 de enero de 1781.

Los indios que desde los cerros vieron morir así a su jefe rebelde tomaron represalia inmediata. Se lanzaron contra las tropas y a golpes y pedradas mataron a 23 soldados de la Corona, entre ellos a Álvarez de Villarroel, el guapo que había despeñado a Katari en Chataquilla.

Después de Tomás, sus otros dos hermanos quichuas se hicieron jefes rebeldes en Chayanta, pero murieron decapitados. El ejemplo de los Katari prendió el coraje del aymara Julián Apaza, quien se hizo guerrillero tomando el nombre de aquel Condorcanqui (Túpac) y el apellido de los Katari.

De esas gestas de resistencia originaria viene la reciedumbre de los pueblos del norte de Potosí. La altivez izquierdista de los mineros de Llallagua y Uncía en el pasado siglo del estaño se corresponde con esa alcurnia.

Ahora, en ocasión del 201 aniversario de la revolución criolla de Potosí por la independencia hay que valorar la digna sobrevivencia en el tiempo y el espacio de los laymis, charcas, chayantas, sicoyas, aymayas, chullpas y otros del norte de Potosí.

Tal vez una expresión de alegría resuma esa mezcla de valentía nunca resignada: ¡Jallallagua!

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