Ser indio Fausto Reinaga

Su comentario

El ser indio desde la experiencia de Fausto Reinaga

Emilio Hurtado Guzmán
Hay un resentimiento por parte del colonizador, que busca ser reconocido como superior, que busca que Europa reconozca su osadía de conquistador, pero que no lo logra tal como lo soñó. Sin embargo, este resentimiento no es contra su coterráneo europeo, sino contra el originario de América. Comienza a despreciarlo porque el hecho de haberlo conquistado, a los ojos de España, no es mérito suficiente para trascender su condición de plebeyo.

Supuestamente los pueblos originarios de América son inferiores a los europeos, y por lo tanto su conquista y colonización no demuestra la superioridad de sus dominadores. El mismo Francisco Pizarro es un claro ejemplo de esta situación, por eso opta por quedarse en América para siempre, donde se siente tratado como un rey por sus súbditos nativos.

Fausto Reinaga

Entonces, el colonizador comienza a ver todo lo malo en el originario, porque ve el origen de su desdicha en él. Lo llamará indio y lo estrujará hasta la inhumanidad. Lo temerá y lo despreciará. Vivirá a costa de él, pero siempre añorando Europa, y añorando ser europeo. Este es el origen del indio. Un ser humano que es estigmatizado desde un comienzo como inferior, para después ser aplacado y demonizado.

De esta manera, el colonizador europeo, en una pedagógica de la dominación enseñará al mestizo a despreciar al indio que se presenta frente a él, en su raza y su cultura, y a lo indio que contiene su propio ser mestizo; y éste mestizo obligará al indio a despreciarse a sí mismo.

La tragedia del ser indio será eterna a lo largo de la historia de Bolivia. Pese a ello, un intelectual contra todo se asumirá indio para pensar desde su indianidad, sólo entonces sentirá lo que es ser indio para una sociedad racista como la boliviana, y su propia obra será sepultada en la indiferencia y él mal tratado. Se trata de Fausto Reinaga o Ruphaj Katari.

Fausto Reinaga nació el 27 de marzo de 1906 en Macha, una aldea charca en el norte de Potosí. Puesto que descendía por vía materna del líder y héroe indio Tomas Katari, y además demostraba constantemente su gran interés por el estudio y una admirable capacidad intelectual, su comunidad decidió costear sus estudios secundarios bajo vigilancia en la ciudad de Oruro. Asimiló con ímpetu los valores modernos en el colegio. Junto con su profesor Octavio Campero Echazú declamaba los poemas de Verlaine en francés, idioma que aprendió empujado por la pasión a las lenguas de la civilización europea que éste profesor había despertado en él. Así, muy joven, Reinaga hablaba con el lenguaje de Europa, pensaba y hasta sentía a través de Europa.

Más tarde, entró a la universidad en la ciudad de Sucre. Fue influido por Goethe, de cuya obra “Fausto” tomó su nombre, quitándose el nombre de José Felix, el cual le había sido dado por el cura que lo bautizó cuando era muy pequeño.

Desde la universidad, al respirar la atmósfera intelectual k’ara (blanco-mestiza), es un intelectual k’ara. El mismo admitirá años más tarde que el destino que señalaba al indio es su irremediable asimilación por el blanco en sus libros: “Mitayos y yanaconas” (1940) y “Tierra y libertad” (1953). Posteriormente, en sus libros: “Franz Tamayo” (1957) y “Alcides Arguedas” (1960), hace una crítica marxista al planteamiento de estos autores, lo que indica que sigue agazapado de teorías europeas a la luz de una de las cuales analiza la realidad.

Pero hay un malestar dentro de él, no está conforme con sus propios planteamientos, en su inconsciente sabe que eso no es suficiente, siente el grito de su sangre india, de los deseos de sus ancestros.

“Mi ancestro vivía agonizando en un mundo raro, era la voz de la sangre hecha instinto y subconciencia, empero una que otra vez, fulgía como una lúcida conciencia en rebeldía. Occidente quería ahogar el ancestro indio; pero el ancestro indio se defendía como una fiera herida.”

Reinaga tiene el pensamiento enajenado, el colegio y la universidad han despojado de su mente y de su corazón su auténtico ser indio. La teoría de occidente, junto a su propia experiencia en las aulas de la academia, en lugar de servirle para comprender mejor quién es el indio y su realidad, lo alejan de él.

Mi pensamiento, como todo pensamiento de América, era colonizado. Un eco desvalido, una sombra pálida del pensamiento de Europa. Mi pensamiento era un pensamiento esclavo.

Se convierte en un activista muy popular en su juventud. Se hace alto dirigente universitario y como tal ocupa también un cargo de importancia en la Central Obrera de Sucre, que es el de Secretario de Cultura. No sólo es aceptado por la multitud que se enardece con sus nutridos discursos, sino amado. Sus palabras antibelicistas, esta época de la Guerra del Chaco, y que pregonan la dictadura del proletariado, hacen que la multitud obrera y estudiantil lo levante en hombros gritando: “¡Viva Reinaga!, ¡Viva la Revolución Socialista!”. Esto le trae adversas consecuencias claro. Es capturado por las fuerzas del orden y torturado.

No será sino hasta la década de los 60 cuando estallará su espíritu indio, venciendo a su racionalidad moderna sus deseos más recónditos estallarán de su inconsciente e invadirán su conciencia haciéndose presente en sus obras. Empero, el sólo asumirse indio, querer ser hoy y siempre indio, querer serlo no sólo para acercarse a él, sino para encarnarlo en los hechos, le traerá dolorosas consecuencias. Le hundirá en la soledad y al final acabará con su propia vida. Él mismo comparte la experiencia de algunas de las adversidades que tuvo que pasar.

Para la publicación de su libro “Tesis India”, en marzo de 1971, el dueño de la imprenta en la cual había dejado sus escritos originales para que procediera al trabajo de impresión, una vez que conoce el contenido de dicho libro, se resiste imprimirlo poniendo todo tipo de excusas pese a que ha firmado un contrato de trabajo.

¿Acaso teme ser arrestado o que clausuren su negocio por imprimir un escrito subversivo? No. Simplemente su desprecio a lo indio le empuja a entorpecer la salida al público de ése brillante esfuerzo intelectual. Desgraciadamente, en esos precisos momentos Reinaga cae enfermo, sufre una parálisis facial, y es su secretaria, Hilda, quien imbuida de una tremenda fe en sus ideas sobre el indianismo, trajina día y noche para que la impresión avance hasta ser terminada. En esos trajines y lidiando con el perverso dueño de la imprenta, Hilda también cae enferma con una mortal influenza.

Cuando Reinaga ya no tiene un centavo para el sustento, postrado en cama, y nadie acude a ayudarlo, repentinamente llegan a su casa decenas de indios que se habían congregado en la ciudad de La Paz con el motivo de un encuentro religioso. Estos, aunque muchos de ellos sin siquiera saber leer, compran sus libros, dotándole así del dinero que necesitaba para su sustento.

El mismo año de 1971, Reinaga sufre la venganza de los emenerristas, que habían llegado al poder junto con Banzer Suárez mediante un golpe de Estado. Años atrás Reinaga había publicado un libro contra el líder emenerrista, titulado: “Victor Paz Estensoro, el traidor”. El gobierno ordena su arresto y el secuestro de su biblioteca.

La policía interviene su casa secuestrando no sólo todos sus libros, mapas antiguos y otros documentos, sino sus papeles personales como títulos profesionales, reconocimientos honoríficos, escrituras de su casa, cartas, ropa y dinero. Prácticamente lo dejan sin recursos. Ante todo esto Reinaga enferma cayendo en una fuerte depresión, que a su avanzada edad sólo le empujan a esperar la muerte.

Sin embargo, pese a que ha escrito su testamento, se lo ve aún con vida el año de 1972, bregando por ganarse algún dinero para su sustento diario tratando de alquilar algunas habitaciones de su casa. Por fin lo consigue. La comandancia de policía toma las habitaciones para un oficial y su familia. Pero llegado el momento de cobrar el primer mes de alquiler nuevamente como en otras ocasiones se burlan de él.

Le comunican que le pagaran pero no lo hacen, lo tienen caminando de un lado para otro en vano. Este tipo de abusos son como insultos contra el indio, contra una persona que se inclina por la identidad y la cultura del indio. Empero, Reinaga continúa desde su intelectualidad luchando por visibilizar el lugar que la cultura de los indios debía tener en el mundo, continúa oponiendo al pensamiento moderno el pensamiento indio.

Burlado por el comandante de policía, quien no le paga la mensualidad del alquiler, se dirige a su casa tomando el bus. El chofer le dice, mirándolo enojado, que se baje porque ya no hay asientos. Cuando Reinaga intenta bajar del vehículo, es expulsado con una patada en la espalda, luego insultado por ése conductor: “¡Este hijo de puta dice que va a publicar otro libro…!!”. En la radio se había informado de eso.

Reinaga es herido físicamente, su espalda rota, pero más fuerte es el dolor que siente en su corazón al haber sufrido el insulto y golpe de un trabajador cualquiera, que quizá no hacía muchos años había llegado a la ciudad proveniente de alguna comunidad aymara del Altiplano en busca de una mejor vida, pero que ahora, asumiéndose mestizo, detesta su propio origen. Esto sucede en la Plaza Murillo, donde aún hoy en día imponentes se presentan monumentos extraños de mujeres y hombres con rostros y figuras europeas, al parecer antiguos griegos, alrededor de la estatua del “patriota” Pedro Domingo Murillo.

Reinaga escribe:
“Mi tragedia no tenía paralelo. El “Archipiélago Gulag” de Solzhenitsyn comparado con mi tragedia, era un deporte. Aquí comprendí la magnitud del mal que ha hecho España. Porque si España no hubiera destrozado el Tawantinsuyu inka, yo no hubiera bajado aquella tarde a cobrar alquiler alguno; yo como Amauta no hubiera tenido necesidad de buscarme el pan de cada día…”

La obra de Reinaga, quien en 1974 publica “América India y Occidente” y dos años más tarde “La Razón y el Indio” y “El Pensamiento Amáutico”, es condenada por la intelectualidad boliviana al silencio y la indiferencia, sus obras son leídas como en la clandestinidad, pero jamás comentadas, ni criticadas. Es como si después de leer un libro de Reinaga se tragaran la saliva y lo tiraran debajo de la cama o en algún baúl para nunca más toparse con él. Los medios de comunicación como la radio, la televisión y los periódicos, por su parte, no le dan cobertura.

Las palabras de Reinaga develan a un pensamiento, el moderno, en el que todos han puesto su fe, como colonial, que naturaliza el robo, la muerte y la mentira, que señala razas o pueblos inferiores y superiores, pueblos que no tienen cultura y pueblos llamados a llevar “la cultura” a todos; a la vez que demuestra otra forma de ver el mundo, otra racionalidad desde la cual concebir la vida.

El pensamiento amáutico es opuesto al pensamiento moderno colonial. Pero en Bolivia, como en otras partes de Latinoamérica, las personas, principalmente en las ciudades, están convencidas que lo indio no tiene nada que dar, que lo indio es parte de nuestro vergonzoso pasado que hay que olvidar, aunque esté presente cada momento de nuestras vidas, inclusive en nuestros propios actos, muchas veces de manera inconsciente.

La obra de Reinaga encuentra sin embargo acogida en Europa y algunos países de Latinoamérica como México. Aunque Reinaga es muy claro en señalar que el ser indio no se define por “el color del cuero” sino por su pensamiento, sólo recibe desprecio en Bolivia. En éste país se es indio por el color de la piel y por el comportamiento indios, y una forma de blanquearse es ser menos indio en el comportamiento. Por eso es despreciado Reinaga, porque su obra es un atentado contra una vía de blanqueamiento para la mayoría de los bolivianos que exhiben en su apariencia rasgos indios. Pero logra llegar a la mente de varios extranjeros que toman conciencia del mal que ha hecho el pensamiento moderno en todo el planeta, y deciden asumirse como indios y actuar desde el pensamiento amáutico.

Como el blanco colonizador ha estigmatizado al indio para dominarlo –y, es más, lo ha convertido en tal, puesto que antes de su llegada no había indios, sino pueblos; es decir, ha racializado a los pueblos de América, de esta manera también ha naturalizado su explotación-, el indio aparece como lo más detestado. De este modo, nadie quiere ser indio, ni siquiera en muchos casos el que en todos los aspectos lo es. Éste optará por blanquearse culturalmente, aunque le sea imposible que lo haga corporalmente.

Por eso, porque lo malo es ser indio, la actitud predominante es la siguiente: a mayor cercanía de las personas en su apariencia y su cultura con lo indio, mayor el desprecio hacia el indio. La obra de Fausto Reinaga, no encuentra acogida en Bolivia, pero sí en Europa. Hasta el día de hoy Reinaga es poco conocido, o totalmente desconocido, en las universidades bolivianas; hoy que se habla tanto de pueblos indígenas, movimientos indígenas, interculturalidad, plurinacionalidad, etc. ¿por qué?

Está claro que hay una gran diferencia entre lo indígena y lo indio. Cuando se habla del indio, siempre se lo hace con desprecio: “¡indio de mierda!”, “¡indio bruto!”, “¡salvaje!”. Se piensa y se suele expresar: “Los indios, son sucios y perezosos además de ser indios”. Lo que significa: “No tienen en su cultura la higiene personal y el hábito del trabajo, además de poseer en su apariencia la fealdad”. Y cuando alguien un día se atreve a pensar como indio, haciendo a un lado a Sócrates, Hegel, Kant, Marx y Nietzsche, es tratado como un perro sarnoso. Nadie lo quiere a su lado, nadie quiere saber de él, y es apartado a punta pies. El simple acto de presentarse como pensador indio es un atrevimiento mucho más grande que el reclamo por un poco más de pan del mit’ayukuna de las minas, del peón de hacienda, del obrero de las ciudades. Es un acto que no se condena con la represión policiaca, o con los latigazos, sino con la indiferencia, con el silencio, con el olvido, de toda una sociedad que se ha constituido en la discriminación del color de la piel india y de la cultura india.

En oposición, lo indígena, a diferencia de lo indio, se define como lo bueno. El buen “indio” es indígena, no es indio. Es aquel a quien hay que reconocer que es “el otro” que está sufriendo, al que hay que ayudarlo a mantener su identidad nativa, al que hay que incluirlo en el Estado dándole derechos, al que hay que blanquearlo culturalmente, al que hay que enajenarlo de a poco de tal modo que no lo note. El indígena aparece hoy en las películas de Hollywood como amigo del buen blanco, quien le ayudará a conservar sus ríos y sus bosques, luchando contra el blanco malo contaminador del agua y arrasador de los árboles; a diferencia de las antiguas películas donde el indio aparece como el malo, el salvaje que, entorpeciendo la colonización de sus tierras, asalta al blanco bueno.

El indígena ya no es temido porque es el indio vencido, porque es el indio inclinado con la mirada en el suelo, cuyos ojos sólo inspiran tristeza, lástima. Es el indio cansado de luchar. Es el indio predispuesto a dejar su indianidad. O sea, ha dejado de ser el indio indio. Ahora todos se compadecen de él. Se habla en las universidades de los indígenas y su “admirable” pasado etnográfico y etnohistórico; las ONGs promueven un desarrollo sostenible y sustentable preservando las comunidades indígenas, aunque también haciéndolas funcionales a la explotación de los bosques para el mercado capitalista.

El gobierno del Estado Plurinacional, se esfuerza por llevarles educación, salud, caminos, desarrollo, explotación, enajenación a los “hermanos indígenas” que han sufrido el “abandono de los gobiernos neoliberales”, abandono que nunca fue tal, sino que fue guerra contra el indio. El indio hubiera preferido mil veces ser abandonado que incluido en un Estado que siempre lo despreció y atacó, y que ahora desde éste se lo mira como al hijo minusválido con el cual hay que tener mucha paciencia, al cual hay que educar en su propia lengua, con una educación socioproductiva hay que transformarlo lentamente. Se desea que mantenga su identidad india vistiéndose con poncho, abarcas y chulo, pero que piense, sienta y actúe como moderno, colonial y capitalista.

Fausto Reinaga nos dice:
“Indígena es una palabra infame. Infama al que la pronuncia e infama a aquel contra quien se lo pronuncia. El racismo blanco ha inyectado el veneno del odio racial en la conciencia y la subconsciencia, la sapiencia y la costumbre de los hombres del mundo.”

Para el indio, que es un ser humano libre en su mente y su corazón y se resiste a la enajenación, aunque no siempre sea libre en sus actos –pues puede estar sujeto a una esclavitud de cualquier tipo-, el ser llamado indígena es un insulto, porque es la expresión de la lástima del blanco y del mestizo, quien sólo por eso puede extenderle una mano, pero no porque realmente lo quiera, lo acepte, lo respete; no ha dejado de despreciarlo.

Cuando el indio obedezca, se adapte a las circunstancias silenciosamente y con la cabeza gacha, cuando se haga indígena, se dirigirán a él diciéndole: “ese caserito”, “el hombresito”, “el caballerito”, “la paisanita”, “la cholita”, “los hermanitos”. Pero cuando este se rebele, le gritarán: ¡indio de mierda, atrevido!, “¡guarayo de mierda!”, “¡kolla de mierda!”, y enloquecerán perdiendo el control, porque lo más despreciado y despreciable, que se creía superado contra viento y marea, ha vuelto a surgir, y atenta contra el predominante mestizo.

Frantz Fanon llamó a esto: “hablar negrito”. El hablar indígena a un indio, es como hablar “negrito” a un negro.

Un blanco que dirige la palabra a un negro se comporta igual que un adulto con un niño, haciéndole carantoñas y melindres, susurrándole, haciéndose el simpático, zalamero (…).

Hablar a los negros de esa manera es ir hacia ellos, ponerlos cómodos, es querer ser comprendidos por ellos, tranquilizarlos…

Los médicos de las salas de consulta lo saben. Veinte enfermos europeos uno tras otro: “siéntese señor… ¿qué se le ofrece? ¿qué le aqueja…?” Entra un negro o un árabe: “Siéntate muchacho… ¿qué tienes? ¿dónde te duele?” (…).

Hablar “negrito” a un negro es vejarlo, porque él es quien habla “negrito”. Sin embargo, se nos dirá, no hay intensión en ello, no hay voluntad de insultar. De acuerdo, pero lo vejatorio es precisamente esta ausencia de voluntad, esta desenvoltura, esta facilidad con que se le fija, se le aprisiona, se le primitiviza y se le anticiviliza.

Hablar “negrito” supone expresar esta idea: “Tu, quédate dónde estás”.

Al indio o india convertidos en indígena, o al indio e india vistos como indígenas por parte del blanco o mestizo, se los llama “hijo” e “hija”. La empleada doméstica o trabajadora del hogar hasta el día de hoy en algunas familias adineradas o clasemedieras es llamada por sus patrones “hija”, al igual que el peón de hacienda es llamado “hijo”, como en el pasado. Son tratados en los hechos como hijas e hijos bastardos, recogidos, amparados, con poca o ninguna capacidad intelectual, a los cuales se les está dando cobijo, se los está dando de comer por lo tanto en agradecimiento deben obedecer y servir al señor, su patrón.

Cuando el patrón blanco-mestizo quiere que el sirviente indio comprenda esto, lo llama con cariño “hijo”, y con ello lo hace entender también que es menos, que es inferior, que no podría subsistir sólo o sola, que nadie les podría proteger fuera de su casa. Le manda el mensaje: “vos quedate donde estas”.

Cuando el indio se asume como indígena ya ha sido atrapado, cooptado, colonizado, contrariamente a cuando se asume indio. El ser indio es el ser libre en mente y corazón, es actuar con autovaloración por todo lo que contenemos en nuestra carnalidad de indianidad, es el pensar desde la propia experiencia y enriquecer ese pensamiento desde la voluntad que genera esa experiencia de vida, buscando en nuestro propio legado, en nuestra propia cultura e historia, sin aprisionarse en teorías foráneas, las soluciones a nuestros propios problemas. Este es justamente el ejemplo aleccionador de Fausto Reinaga.

Aunque no siempre fuimos indios, lo fuimos desde la llegada de los colonizadores españoles, pero cuando dejamos de serlo y nos hicimos mestizos ya estuvimos colonizados en nuestra subjetividad y olvidamos que un día fuimos libres y dignos. Entonces, volvamos a ser libres y dignos, veamos nuestra indianidad en nosotros mismos para plantear a las naciones del planeta la posibilidad de otro mundo, donde seamos reconocidos, donde reconozcamos a la otra persona y la respetemos en su ser humano y para su ser humano, sin lástimas, ni actitudes paternalistas, ni compromisos románticos con sus proyectos de vida y luchas que muchas veces estamos lejos de comprender.

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 TIERRA y LIBERTAD de Fausto Reinaga

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