Sigue en su casa de campo
    Hay que saludar la decisión del presidente Ollanta Humala de negar el indulto al dictador Alberto Fujimori, sentenciado a 25 años de cárcel, entre otras cosas, por homicidio calificado.

César Lévano / laprimeraperu.pe
El hombre que ordenó el asesinato de nueve estudiantes de la Universidad de Educación La Cantuta y encubrió la matanza de 109 estudiantes y profesores de la Universidad Nacional del Centro, el promotor de la masacre de Barrios Altos, ese hombre aspiraba a un indulto… ¡por razones humanitarias!

Perú: Dinero mal habidoEl presidente se ha basado en la recomendación unánime de la Comisión de Gracias Presidenciales, que había comprobado que Fujimori no padece de una enfermedad grave o terminal que amenace su vida, y que tampoco sufre de trastorno mental grave.

La lucidez, o más bien la astucia del reo se manifiesta en la farsa montada con ayuda de sus colaboradores, en la que quería parecer un enfermito, endeble, en agonía. El sainete se anuló cuando, apenas llegado a la clínica a donde lo habían conducido, declaró que ya estaba mejorcito. Los registros médicos indican que en las últimas semanas había subido dos kilos de peso.

Su estado de salud relativamente bueno se debe sin duda a las excelentes, excepcionales, condiciones de prisión de las que goza: una verdadera casa de campo, unipersonal, con jardín exclusivo y con visitas asiduas que le permiten discurrir sobre tácticas políticas y hasta idear farsas que serían cómicas si no fueran cínicas. Nunca, en toda la historia penal de nuestro país, ha habido un preso con tales privilegios.

El presidente Humala ha precisado que la negativa de indulto se debe, aparte de las razones técnicas y jurídicas, al hecho de que el preso no ha manifestado arrepentimiento.

Si Fujimori hubiera revelado por lo menos el paradero de los millones de dólares que robó al país y hubiera prometido devolverlos merecería, no al indulto, pero algo de comprensión.

La compasión no cabe con autócratas aficionados a las matanzas, como es el caso de Fujimori, de su cómplice Vladimiro Montesinos y también de su émulo Alan García.

La reacción de los fujimoristas era de esperar. Con el tirano de ayer no los unen principios e ideales, sino intereses mezquinos y complicidades vergonzantes.

Los hijos de Fujimori, por su parte, saben bien que su fortuna y su disfrute, provienen de la incalculable corrupción de su padre. El asalto al tesoro público, los arreglos bajo la mesa con inversionistas transnacionales y narcotraficantes: todo eso fue manantial de valores monetarios, que no morales, que esos vástagos han heredado. Eso que se llama dinero mal habido.

    El indulto que no hubo

Raúl Wiener / laprimeraperu.pe
¿Por qué hemos estado ocupados tanto tiempo y colocando tanta pasión en lo que podría suceder con un condenado por los peores delitos, cuya condición de expresidente y golpista no atenúa sino agudiza la gravedad de sus responsabilidades?

¿por qué le ha costado tanto al presidente tomar una decisión en una situación casi obvia: fingimiento de estado crítico y mensaje subyacente que lo que se estaba haciendo era intentar corregir la sentencia de 25 años de prisión?

FujimonteLa respuesta es casi evidente: El enorme poder político, económico y social que mantiene el fujimorismo, y que no se limita por supuesto a los 37 parlamentarios naranjas sino que abarca sus relaciones con el APRA y buena parte de la derecha, medios de comunicación, empresarios y relaciones internacionales.

Es verdad, que muchos prefieren el estilo sibilino de apuntar por delante que no se tiene que ser fujimorista para pedir el indulto y por supuesto para sentir una íntima incomodidad porque finalmente no fue alcanzado.

La frase más socorrida de los últimos meses afirmaba que el presidente debía resolver la situación en cualquier sentido y que la decisión era solo suya, pero una vez que se acabó el misterio y se ejercieron las facultades presidenciales que tanto se reclamaban, la cosa cayó como una bomba.

En RPP se repetía hasta el cansancio las imparciales declaraciones de Nakasaki que indicaban que Humala había condenado al “presidente” Fujimori a la muerte lenta, ya que era un hombre de 75 años de edad con una sentencia de 25 años; ergo, querían que muera en la cárcel cuando se había dicho lo contrario.

También hablaba Aguinaga sobre la decepción del condenado que hacía unos días había enviado un mensaje grabado en audio declarando que estaban dadas todas las condiciones para su indulto, como si de él dependiera la decisión, y se explayaba sobre la crueldad de actuar contra las expectativas de un pobre enfermo.

El sábado, la prensa de derecha encabezada por El Comercio recogía opiniones que daban una cierta idea de desconcierto en relación a la determinación de Humala.

La mejor era de la abogada y lobista Cecilia Blume, que increíblemente estimaba que no había todavía decisión presidencial porque sólo había adherido a las conclusiones de la Comisión de Gracias, que no era la responsable de resolver.

Federico Salazar por su parte creía al revés de Nakasaki que había habido demasiada explicación jurídica del presidente cuando había mencionado la gravedad de los crímenes y la falta de arrepentimiento. Y la zarina de los fines de semana, que al pobre de Fuji le habían hecho creer que estaba libre cuando lo estaban volviendo a encarcelar.

Confieso que me conmueve tantos sentimientos desgarrados por el fundador del Grupo Colina y el desaparecedor de los fondos de las privatizaciones. Pero así debe ser la Justicia, igual para todos.

 

V o l v e r