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COLOR DE LA PALABRA

    Relojes-rieles-rejas: el color de la palabra

Emiliano Bertoglio: katari.org
La extensión del sistema de explotación capitalista de la tierra hacia las latitudes más australes de América se efectuó a partir de la apropiación violenta del espacio y de la destrucción de la profunda cosmovisión aborigen.

Pampas argentinasCon el tiempo, el mal denominada “Campaña del Desierto” se transformó en símbolo representativo de tantos otros genocidios efectuados por el mundo ilustrado y desarrollado contra los pueblos aborígenes.

No son pocas las voces del propio poder cívico-militar que la ejecutó las que reconocen la bestialidad de la incursión.

No obstante, permanece in cuestionada en su verdadera dimensión, quizá por haber sido realizada en pos del modelo de relación sujeto-medio hoy dominante en la zona pampeana.

Construir las tierras del sur argentino como espacio económico-productivo de acuerdo a los parámetros europeos requirió de la imposición de:

Las rejas (ya no la tierra como lugar de la vida, sino como sustento de un sistema productivo generador de riqueza privada).
Del reloj (el tiempo lineal sustituyó el circular, fundamento aborigen de la armonía hombre-mundo).
De los rieles (medios indispensables para el tráfico de dichas riquezas, y que a futuro pasarían a considerarse emblemas del “progreso gringo”).

Y Julio A. Roca allanó el camino para esto. Ejecutó su proyecto con tal vehemencia que la empresa militar de 1879 se ha constituido con el tiempo en un relato símbolo una “muestra” de todo lo efectuado por el entonces aún naciente Estado nacional contra los pueblos de la tierra.

Por ello, este recorrido documental que por momentos trasciende las escisiones espaciales y temporales que separan entre sí los diferentes testimonios convocados. Hechos que igual se unen en el propósito de legitimar la campaña de exterminio aborigen.

Llegado 1878, Roca necesitaba consenso político y financiación gubernamental para su proyecto.

Por esto envía un mensaje al Congreso de la Nación, refrendado por el presidente Nicolás Avellaneda, en el cual argumenta que: “Es necesario ir directamente á buscar al indio en su guarida, para someterlo ó expulsarlo.

Hasta nuestro propio decoro como pueblo viril nos obliga á someter cuanto antes, por la razón ó por la fuerza, á un puñado de salvajes que destruyen nuestra principal riqueza y nos impiden ocupar definitivamente, en nombre de la ley del progreso y de nuestra propia seguridad, los territorios más ricos y fértiles de la República.

Tenemos seis mil soldados armados con los últimos inventos modernos de la guerra, para oponerlos á dos mil indios que no tienen otra defensa que la dispersión, ni otras armas que las lanzas primitivas.

Terminada esta primera etapa de la Campaña la cual será continuada con Roca dirigiendo desde la presidencia que le llega casi como un premio a sus acciones el General envía un informe al Congreso en el cual enumera una cantidad de 14.172 indios muertos, reducidos o prisioneros.

Si por genocidio se entiende el exterminio sistemático de un grupo étnico, el propio militar asume aquí el que acaba de realizar en el lejano “desierto”.

En el mismo mensaje, con gozo y júbilo agrega: “El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”.

Pero el resultado del proyecto no significó sólo la felicidad del General, sus tenientes, coroneles y soldados.

El intelectual Estanislao Zeballos expresó con su pluma poco después de las acciones: “El rémington les ha enseñado a los salvajes que un batallón de la república puede pasear por la pampa entera dejando el campo sembrado de cadáveres”.

Como se interpreta, la eliminación sistemática del aborigen no era ni idea nueva ni sueño de pocos. Sarmiento, por caso, dejó claras sus intenciones en diversas ocasiones antes de la Campaña: “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar.

Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso.

Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”.

Y en Buenos Aires el diario “La Tribuna” alentaba en 1870: “para acabar con el resto de las que fueron poderosas tribus, ladrones audaces, enjambre de lanzas, amenaza perpetua para la civilización, no se necesita ya otra táctica que la que los cazadores europeos emplean contra el jabalí. Mejor dicho contra el ciervo.

Porque el indio es ya sólo un ciervo disparador y jadeante. Es preciso no tenerle lástima”.

Otro ejemplo del pensamiento extendido en la época quedó testimoniada por Juan Bautista Alberdi. Quien también diera vida a la Constitución Nacional escribió: “No conozco persona distinguida de nuestras sociedades que lleve apellido pehuenche o araucano.

¿Acaso alguien conoce a algún caballero que se enorgullezca de ser indio? ¿Quién de nosotros acaso casaría a su hermana o a su hija con un indio de la Araucanía? Preferiría mil veces a un zapatero inglés”.

Y este sustrato ideológico segregador se heredaría; de generación en generación, de institución en institución.

“Villa heroica del desierto. Con la sangre de tus hijos se han escrito tus hazañas. Ya viene el salvaje, ya se oye el tropel, ya se oyen los gritos del fiero ranquel. Villa heroica, sola frente al indio pampa, desafiando su fiereza con la cruz y con la espada”. Con este orgullo es rememorada la lucha contra el indio por la Canción Oficial del Municipio de Río Cuarto (Córdoba), declarada como tal en 1973.

La letra se podía cantar por las dulces voces de los niños de las escuelas primarias hasta los años 90, cuando paulatinamente fue quedando relegada.

Lejanos o no, los ecos oídos a través del tiempo no necesitan comentarios o interpretaciones adicionales: son el verbo de las mentes que engendraron, ejecutaron y celebraron la muerte.

Voces salidas del matador o de sus legitimadores: palabras tintas con la sangre escupida a borbotones de las fauces feroces.

Tras el breve momento humano de los siglos, los gritos bestiales contrastan inconciliablemente con el naciente despertar y reemerger de lo propio que hoy anuncian los pueblos aborígenes del Sur y del resto del Continente: sonidos milenarios que no han podido ser desterrados por el fuego del fusil. (…Ni por el estruendo de relojes, de rieles, o de rejas).

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