El indianismo katarista Una mirada crítica

Pedro Portugal Mollinedo / Carlos Macusaya Cruz
Han pasado ya casi diez años desde que el primer presidente indígena, Evo Morales Ayma, llegara al gobierno boliviano. La elección de Morales como presidente de Bolivia, así como su asunción y sus dos gestiones ya cumplidas, han sido presentadas como la coronación de una lucha histórica de los movimientos indígenas. Este rasgo histórico se ha tratado de expresar y comprender a partir de un sinfín de actos rituales, en los que los colores, tejidos, wiphalas, “sabios”, grupos de “música autóctona”, polleras y ponchos, entre otros, fueron los componentes principales. Se ha propiciado una gran cantidad de ceremonias dirigidas a turistas, como si esto fuese por lo que han luchado los “indígenas”, como si este fuera el contenido de su lucha.

Festival Autóctono de Música y DanzaEn tal situación, se ha vuelto algo “evidente” por sí mismo y por los prejuicios que existen el relacionar rituales y una lucha de “500 años” de esos seres llamados “indígenas” u “originarios”. Se ha vuelto de sentido común asumir que lo indígena es una cuestión de rituales, de búsqueda de “saberes ancestrales” o de “contemplación de la naturaleza”. En general, se supone que el indígena es la personificación de lo radicalmente opuesto al mundo occidental y a su cultura, que ha pervivido desde la colonización hasta el presente. Según tal forma de “entender” lo indígena en un “gobierno indígena”, no es de extrañar que se hayan promovido una gran variedad de actos saturados de exotismo y hechos al gusto de los “occidentales”, ni que la alusión a la lucha histórica haya sido solo una frase hueca.

Si bien símbolos como la wiphala o los nombres de líderes aymaras como Tupak Katari llenan los actos y los discursos referidos a los “indios”, la forma en que estos elementos son enarbolados –en medio de actos “ancestrales”– nublan los procesos históricos de los que emergieron. Símbolos como la wiphala o el nombre de Tupak Katari como grito de guerra ya no están más ligados a la lucha histórica indígena. Paradoja más que llamativa, que conlleva un riesgo: brinda una idea ahistórica de los procesos de lucha que han logrado forjar al “indio” como sujeto político que busca gobernar el país, lo que da pie a que se defiendan ficciones políticas, antes que los verdaderos objetivos de este.

En buena medida, la forma en que se ha presentado al indígena en el “proceso de cambio” responde a una moda, acogida por muchas personas que se identifican como indígenas y que ha encontrado en ella su refugio identitario, por lo que la defienden apasionadamente y a ciegas. En el presente trabajo no solo pretendemos tener una mirada distinta y a contrapelo de esta moda, sino que trataremos de ubicar históricamente la formación de los movimientos que dieron pie a la emergencia del indio como sujeto que aspira y lucha no solo por gobernarse a sí mismo, sino también por gobernar el país; asunto este último relevante cuando tenemos a Evo Morales y al MAS en el gobierno.

Si queremos dar cuenta de los procesos que dieron lugar al posicionamiento de la wiphala, o de la figura de Tupak Katari, o a la iniciativa de organizarse en un partido propio y disputar espacios de poder, no lograremos clarificar nada con “sabios” ni “amautas”, ni encontraremos respuestas escritas en las piedras de Tiahuanaco o en coca; tampoco los rituales para turistas “revolucionarios” nos serán útiles. Si queremos dar cuenta de tales procesos debemos estudiar la formación y trayectoria de los movimientos indianistas y kataristas. En este trabajo pretendemos, pues, analizar algunos de los aspectos que consideramos más notables de esos movimientos.

Por lo dicho, nuestro trabajo ha de concentrase en el surgimiento y la trayectoria del indianismo y el katarismo en la segunda mitad del siglo XX, y su importancia y repercusión en los inicios del siglo XXI.

Indudablemente, los procesos de trasformación estatal llevados adelante desde 1952 por el “Estado nacionalista” incidieron de modo determinante en la formación del indianismo y del katarismo, por lo que un trabajo sobre estos movimientos nos remite a un contexto condicionado por tales transformaciones. Ello es importante, pues indica que estos movimientos representan no una continuidad disociada de los cambios que se producen en distintas dimisiones de la sociedad, sean estas económicas o políticas, sino que más bien responden a la modificación de las formas de diferenciación racializada a las que dio lugar el proyecto del MNR y de quienes le siguieron en el poder. Podríamos decir que el indianismo y el katarismo expresan lo que no pudo lograr la “revolución nacional”: la busca de un ser realmente nacional.

Tanto el indianismo como el katarismo, aunque en formas diferentes, lograron forjar una conciencia política sobre la situación colonial que se vive en Bolivia, y se expresa en un orden racializado. Ambos movimientos fueron sentando las bases para la articulación de los indios como sujetos políticos. Los unos ácidamente y los otros de manera más moderada. En general, formaron discursos, símbolos, acciones y organizaciones que horadaron el escabroso terreno del racismo de este país. Ello aportó a la concienciación, no solo de los indios, sino también de los q’aras.

El indianismo denunció crudamente el racismo y el ejercicio del poder para mantener “privilegios de casta”, incluso por parte de los grupos de izquierda. Asumió con claridad que, en el escenario inaugurado por la “Revolución Nacional”, se debía actuar a través de una organización política y apuntar a convertir la mayoría social en mayoría política, para así llegar al gobierno. Este discurso radical logró erosionar las certezas de la “nación mestiza”, poniendo en primer plano el problema de la dominación racial.

Por su parte, el katarismo, a diferencia del indianismo, buscó alianzas y vinculaciones con sectores progresistas de la izquierda y de la iglesia, pese a experimentar el racismo de estos grupos, y puso acento en las diferencias económicas y culturales entre los bolivianos. Diferenciándose del indianismo, su labor tendría cierto éxito entre los q’aras, pues lograría introducir en Bolivia el debate sobre el “colonialismo interno”.

Indianistas y kataristas produjeron un discurso molesto para quienes asumían con naturalidad que los indios no debían tener pensamiento político, y fueron una referencia para formar organizaciones que asumirían este discurso. La universidad pública, la UMSA en La Paz, vivió, en aquel tiempo espacio de reproducción política e intelectual de los sectores dominantes, la emergencia de estos movimientos, con lo que se formaron los gérmenes de una intelectualidad aymara y quechua vinculada a la lucha política.

Podemos decir, en resumen, que el indianismo fue un movimiento y un discurso que centró su crítica y lucha en el carácter racializado de la estructura social en Bolivia; mientras que el katarismo fue el movimiento que se enfocó en las diferencias económicas y culturales de los campesinos. La diferencia en la forma en que leían la realidad estos movimientos generó necesariamente diferencias en sus tácticas y estrategias. Los unos fueron más partidarios de la ruptura, y los otros de los cambios graduales.

La participación electoral de estos grupos, sus denuncias y acciones, en distintos ámbitos, poco a poco impregnaron entre los “indios” la idea de convertirse en el gobierno del país. Se asumió que los indios debían gobernar, y esta idea se impuso con dificultades, pero de modo irreversible. Esto diferencia a estos movimientos de otros surgidos posteriormente, como los de los indígenas de tierras bajas, los que básicamente buscan es el reconocimiento, idea defensiva que responde a las condiciones más precarias que viven estos indígenas respecto a las de los pueblos andinos.

Indianistas y kataristas no plantearon ser reconocidos, sino gobernar Bolivia. Buscaron explicar los problemas político-económicos del país a partir de la colonización, en tiempos en que era incuestionable el ideario de trasformación social del proletariado, y en épocas en que se entendía que el indio era algo del pasado, al que se debía terminar de enterrar en la historia.

Las acciones de estas corrientes se desarrollaron en un ambiente sumamente adverso; sus ideas fueron rechazadas e incluso ridiculizadas. Hoy, leer un documento indianistas de los años 70 es normal, pero en aquellos años era realmente innovador y también riesgoso, pues implicaba cuestionar el estatus social de una casta que heredó los privilegios de los colonizadores, adquiriendo así el “derecho natural” de gobernar Bolivia.

Serán los indianistas, seguidos de los kataristas, quienes vieran la necesidad de cambiar Bolivia, no con un movimiento “dirigido” por obreros –del mismo origen social que los indios, aunque liderados por q’aras–, sino con el indio como sujeto racializado, que en su lucha articularía a otros sectores, convirtiéndose así en el sujeto hegemónico que lograría superar los lastres coloniales de Bolivia.

Las ideas de estos movimientos fueron inicialmente rechazadas, pero de a poco ganaron terreno entre los indios de la ciudad y del campo, no solo por la labor de sus militantes, sino porque tenían que ver con la vivencia de aymaras y quechuas. En estos años la intelectualidad boliviana estaba cegada por su propia condición social y para ellos lo que los indianistas decían era solo ruido. A veces, sus ideas eran recuperadas por analistas criollos, como algo que hacía parte de “una lucha histórica”, lo que por un lado ayudó a su difusión, pero por otro contribuyó a que indianistas y kataristas queden en el anonimato.

Con los acontecimientos ocurridos a partir del año 2000, en los que el indianismo se convirtió en protagonista del cuestionamiento del orden establecido, se reactivó el ideario de que los indios podían gobernar Bolivia: cuatro décadas de trabajo político florecieron en medio de la crisis política y económica de entonces. A partir de este momento fue una certeza, cada vez más fuerte, que el cambiar la situación histórica del país era una tarea que los indios debían encarar como sujetos actuantes, como gobierno. Así, quienes eran vistos como expresión del atraso del país e incluso como los culpables de tal situación, comenzarían a ser percibidos como los forjadores de una oportunidad histórica para sacar a todos de la postergación en la que vivimos.

La importancia de estos movimientos parece haber sido menospreciada en la actualidad, en tiempos de un “gobierno indígena”. Su estudio nos coloca ante fenómenos desconocidos por muchos y que a pesar de ello han dado pie a la elección de un indígena como presidente en Bolivia. Tal vez lo más importante no sea simplemente realizar un ejercicio histórico y mostrar lo que muchos indígenas desconocen, sino formular una historia política, apenas preliminar, que permita entender a los “indios” como seres históricos, con contradicciones, aportes y limitaciones.

Las experiencias de lucha y los aportes de los movimientos indianistas y kataristas son algo casi desconocido. Por lo general, las ideas que se tienen sobre estos movimientos son muy vagas, no solo entre los “indígenas originarios campesinos” de la actualidad, sino también entre los intelectuales, especialmente de izquierda. Estos “descubrieron” a los indígenas solo después de la caída del Muro de Berlín. En la lucha contra el neoliberalismo, muchos partidarios del socialismo perdieron fe en su proyecto y buscaron refugio en unas ideas que creyeron eran propias de los indígenas.

En la actualidad, las referencias de la lucha indígena son, por un lado, intelectuales no indígenas generalmente extranjeros, y, por otro lado, indígenas que se presentan como “sabios” y portadores de un “mensaje ancestral” (y a veces “astral”), que no tienen relación y a veces ni conocimiento de la experiencia de lucha que acá hemos de tratar. Cuando el tema del indianismo o del katarismo es puesto sobre el tapete, por lo general unos y otros salen al paso con vagas alusiones. Muchos creen, incluso, que indianismo y katarismo es lo mismo.

Solo para ilustrar la ligereza con que se toma ese asunto queremos citar a Felipe Quispe, quien refiriéndose a kataristas como Jenaro Flores, Víctor Hugo Cárdenas y otros, escribe: “ellos nuestra wiphala lo hacían quitar y romper.” Hoy muchos identifican a la wiphala con el katarismo, pero ignoran que quienes originalmente enarbolaron este símbolo eran los indianistas. Este pequeño detalle expresa el proverbial desconocimiento que se tiene sobre estas corrientes y su lucha.

Este desconocimiento se traduce también en prejuicios al momento de referirse a indianistas y kataristas. Por lo general, se los relaciona con el “movimiento campesino”, con algún tipo de expresión rural, como sucede también cuando se habla de los indígenas. Hoy se asume ciegamente que indígena es sinónimo de ruralidad y antónimo de urbe, pero entre indianistas y kataristas no existía esa percepción. Por solo citar un ejemplo: Juan Condori Uruchi veía a los aymaras, no como hoy lo hacen muchos dirigentes campesinos e intelectuales “q’aras”, es decir solo como campesinos; Condori Uruchi, en 1976, entendía que “el aymara hoy es obrero, minero, campesino, clase media e intelectual.”

La importancia del tema que desarrollamos está en que esclarece las circunstancias en que se formó el ideario de constituir un gobierno indio. Básicamente, nos concentramos en las dos tendencias políticas más representativas –profundizando más en la vertiente indianista, pues es la que menos atención ha recibido–, sus personajes más destacados y sus ideas. El tiempo en el que se desarrollan estos movimientos empieza en 1960 y tiene su momento más fuerte, en términos de organización y lucha política, a finales de los 70, siendo su decadencia en los 80.

Siendo movimientos poco estudiados, nuestros esfuerzos apuntan a clarificar cómo es que surgieron y se formaron y cuáles han sido los aspectos más destacados en sus trayectorias.

En términos generales se trata de esclarecer la historia política del indianismo y del katarismo, desde sus inicios hasta su declive, y a partir de ello formular una interpretación –controvertible, desde luego– sobre estos movimientos. Por tanto, tratamos de determinar cuándo y cómo surgen el indianismo y el katarismo, quiénes son sus impulsores y cuáles sus principales características doctrinarias. También buscamos establecer la relación entre el surgimiento del indianismo y la instauración del “Estado nacionalista” e identificar el papel, aportes y contradicciones de sus personajes más destacados. También es parte de nuestro interés en este trabajo contrastar las posturas y acciones e ideas de indianistas, kataristas e izquierdistas, así como determinar los momentos más importantes y críticos en la trayectoria indianista. Todo ello deteniéndonos, donde sea necesario, para problematizar sus aspectos más lúcidos y sus ideas y aspectos más contrastantes con la actual moda pachamamista, para así resaltar el valor de esta experiencia histórica en oposición a esta.

Fueron pocos los intelectuales que dedicaron sus esfuerzos a indagar sobre estos movimientos. Sin embargo, quienes lo hicieron enfocaron su atención en el katarismo. Los autores tenemos referencia de un trabajo que realizó Jean Pierre Lavaud sobre el katarismo en 1982 y que fue publicado en francés: Identité et politiqué: le courant Tupak Katari en Bolivie y de otro sobre el indianismo escrito en 2013 por Manuel Sarkisyanz, titulado Kollasuyo. Historia indígena de la república de Bolivia. Profetas del resurgimiento autóctono. Lamentablemente, no hemos podido consultar esos textos. Es resaltable que sean los extranjeros quienes hagan las más calificadas investigaciones sobre el indianismo y el katarismo. En realidad, esto hace parte de la idiosincrasia nacional. Recordemos que algunas danzas e instrumentos folklóricos que desaparecieron entre los bolivianos solo fueron asumidos por éstos como propios después de que algún gringo les diera un cierto valor.

El trabajo más citado cuando alguien se refiere a los “movimientos indígenas” es el de Silvia Rivera Cusicanqui, Oprimidos pero no vencidos, el cual se publicó por vez primera en 1986. Cuando se habla del katarismo esta es la referencia más citada, así que la interpretación que la autora hace del katarismo se ha vuelto la “historia oficial” de este movimiento. Sin embargo, ese libro brinda muy pocos elementos de análisis sobre el asunto, cae en prejuicios sobre la memoria y no ayuda a comprender los movimientos que estudiamos en esta ocasión.

Una de las ideas más popularizadas y vulgarizadas sobre los movimientos indígenas de los Andes tiene su origen en ese libro: la idea de la “memoria larga”, la cual es muy seductora para ciertas capas sociales distanciadas de los “indígenas”. Es la creencia de que el indígena estaría vinculado con su pasado por medio de una memoria, supuestamente larga. Suponer la existencia de una “memoria larga” en estado latente y proclive a ser activada en cualquier momento echa por tierra todo el esfuerzo de indianistas y kataristas por hacer una “contrahistoria”. No existen memorias estancas y de repuesto; solo existe un acto esforzado para entender el presente, buscando referencias en el pasado y, por ende, teniendo memoria de ello. En este sentido, quienes “alargaron la memoria” fueron los indianistas y kataristas.

La vulgarización de la propuesta de Silvia Rivera ha servido para nublar más el tema que en este trabajo pretendemos estudiar.

Un trabajo de mucha mayor valía, aunque con menos “fama” que el de Rivera, es la tesis doctoral de Javier Hurtado en la Universidad de Lovaina, que fue publicada por Hisbol en 1986 bajo el título de El katarismo. Aunque el trabajo se centra en lo sindical, es, hasta ahora, el mejor que se ha hecho sobre el katarismo.

Tanto Silvia Rivera como Javier Hurtado comparten una especie de “desprecio académico” por el indianismo, lo que no es un rasgo particular de estos intelectuales, sino más bien un elemento común en –para utilizar una categoría indianista– la intelectualidad q’ara.

¿Por qué ese silencio sobre el indianismo? Podría decirse que el katarismo tuvo mayor aceptación entre los “no indígenas” progresistas, porque era más condescendiente con ellos. El discurso indianista no necesitaba maquillaje cuando se trataba de denunciar la opresión colonial y la discriminación racial. Y esto, en vez de acicatear la curiosidad intelectual, provocaba un rechazo de autodefensa de la intelectualidad blancoide.

Sobre el indianismo no se ha escrito mucho en Bolivia, casi nada. Diego Pacheco realizó su tesis de licenciatura en la Carrera de Antropología de la UMSA sobre esta corriente. Este trabajo fue publicado en 1992 por Hisbol y el Musef con el nombre de El indianismo y los indios contemporáneos en Bolivia. Este trabajo es muy rico en fuentes documentales, pero pobre en el análisis; además, en algunos pasajes el autor no oculta su animadversión por su tema de estudio. Con todo y ello, es quizá el único trabajo sobre el indianismo que se ha hecho recurriendo a una gran cantidad de documentos sobre este movimiento.

Es de lamentar que los propios actores de estos movimientos no escribieran sobre sus experiencias de lucha, lo que hubiese ayudado mucho a esclarecer varios aspectos de la formación, la trayectoria y la decadencia del indianismo y del katarismo. Las excepciones son Luciano Tapia y Felipe Quispe, militantes indianistas. Tapia escribió su autobiografía, titulada Ukhamawa jakawisaxa (Así es nuestra vida), y la publicó en 1995. Felipe Quispe escribió El indio en escena mientras estuvo encarcelado. El libro se publicó en 1999 y es una respuesta al libro de Tapia. Estos trabajos son poco conocidos entre los intelectuales bolivianos y, curiosamente, totalmente desconocidos entre quienes dicen militar en la actualidad en el “movimiento indígena originario campesino”. Además, no se debe perder de vista que estos libros salieron años después de que los especialistas en el katarismo, Rivera y Hurtado, publicaran sus obras.

Recientemente, en la segunda mitad del año 2014, se publicó el libro Katarismo y descolonización. La emergencia democrática del indio, de Nicomedes Cejas, quien militó en el MRTK-I. La obra ofrece consideraciones muy generales sobre el movimiento katarista, mientras los aspectos puntuales como las divergencias internas, quienes formularon la idea de “colonialismo interno”, y otros, no merecen atención del autor. En general, en esta obra se ofrece pocos elementos para comprender la formación y trayectoria del katarismo.

Vale la pena resaltar que Ayar Quispe Quispe (quien murió en circunstancias no esclarecidas el 24 de mayo de 2015) es de los pocos indianistas que se ha dedicado a producir intelectualmente. Él buscó hacer un deslinde entre indianismo e izquierda. Ayar publicó cuatro libros y varios artículos. Su primer trabajo, indios contra indios (2003), aborda la problemática de las disputas por el liderazgo de la CSUTCB entre Alejo Veliz, Evo Morales y Felipe Quispe, con muertos incluidos, mostrando la faceta cruenta y conflictiva (alejada de la armonía pachamamista) del sindicalismo campesino indígena. También ha escrito Los tupakataristas revolucionarios (2005), que es la historia del Ejército Guerrillero Tupak Katari, organización que surge por la iniciativa de los sectores más radicalizados del indianismo, por lo que se trata de un trabajo valioso. Sus dos últimos libros, Indianismo (2011) e Indianismokatarismo (2014), dan una idea nítida sobre una de las corrientes en el indianismo que apunta a la lucha armada como única vía. Pero, además de ello, en particular en Indianismo, se pueden encontrar muchas pistas sobre personajes que influenciaron ideológicamente en esa corriente política.

Para lograr nuestro propósito en este trabajo, partimos realizando un intercambio de ideas, pues somos dos los autores, y estamos comprometidos desde distintos enfoques y experiencias con los movimientos que acá estudiamos. Por ello, lo primero que hicimos fue poner en claro nuestro bagaje y a partir de ello elaborar un plan de trabajo.

La revisión bibliográfica fue el primer paso. Contando con un tiempo bastante limitado, nos vimos obligados a centrarnos en los trabajos más representativos. Unos, de investigadores, y otros, de militantes. Simultáneamente nos pusimos en la tarea de “rastrear” a varios militantes, tanto del indianismo como del katarismo, para entrevistarlos. La revisión bibliográfica, preliminar, nos permitió bosquejar algunas preguntas generales sobre nuestro tema, las mismas que debíamos luego plantear a quienes habíamos identificado como potenciales entrevistados.

Nuestros criterios para identificar a quienes podíamos entrevistar se basaron en el papel que jugaron en sus organizaciones y en la relación que tuvieron ellas con el indianismo y el katarismo. El trabajo para ubicarlos fue arduo y no se pudo entrevistar a todas las personas que nos habíamos propuesto, lo que limitó parte de nuestro trabajo. Además, solo pudimos entrevistar una vez a cada persona. Esto nos dejó varias dudas por ser aclaradas, lo que hubiera requerido un par de entrevistas más.

Cabe resaltar que la información obtenida en esas entrevistas fue usada como fuente de historia oral, lo que implican riesgos. Ante todo, hay una distancia temporal entre lo hechos narrados y el tiempo en el que se los narra. Por otro lado, la información conservada en la memoria es frágil y suele “enredarse”. Los entrevistados suelen proyectar una imagen de cómo quieren ser recordados y también tratan de instrumentalizar al entrevistador para formar una imagen de sus rivales. A pesar de todo ello, hemos utilizado los elementos que guardaban mayor coherencia y en la medida en que dicha información tenía asidero en lo expuesto en otras fuentes documentales, bibliográficas, y también en lo retenido en la memoria de los autores, que fueron actores en muchos de los acontecimientos que se narran en el libro.

Es necesario indicar, respecto a lo anterior, que este trabajo tiene una importante base documental primaria, que no fue utilizada nunca anteriormente y cuyas posibilidades para otros trabajos de investigación son todavía plenas. Este acopio documental estuvo sustentado en los propios archivos de los autores, como también en los documentos facilitados por algunos militantes indianistas, entre los cuales debemos expresar nuestro particular agradecimiento a Nicolás Calle y a Constantino Lima.

Así, si bien cuando nació la idea de realizar ese trabajo, asumíamos que estaría basado básicamente en los testimonios de los militantes, la propia limitación de tiempo de trabajo nos hizo descartar esta opción, pues hubiéramos requerido de mayores periodos para acumular horas de entrevistas, de sistematización y selección de información.

Entonces, tratamos de armar la historia política de los movimientos indianistas y kataristas a partir de lo que algunos investigadores y militantes expresaron en sus trabajos, articulando esos elementos con los testimonios de quienes fueron entrevistados, y relacionándolos con los documentos que pudimos obtener. En las situaciones que nos fueron posibles, pudimos contrastar versiones, mientras que en otros casos solo contamos con una sola versión, ya sea de algún investigador, militante o documento.

En este trabajo tratamos de mostrar cómo emergen el indianismo y el katarismo en tanto movimientos políticos. Ello nos obliga a hacer referencias previas a antecedentes históricos que tienen que ver con la colonización y otros aspectos. Se trata de resaltar cómo se dan ciertos movimientos y la importancia del indígena en ellos, ya sea como actor principal o subordinado.

Teniendo en cuenta los antecedentes históricos y algunos elementos de relación, pasamos a ver cómo el indianismo surge a partir de las limitaciones y fracasos de la “Revolución Nacional” y de la consiguiente implantación del proyecto del MNR, sin dejar de lado que en el proceso que sigue a esta revolución se forma un gobierno aymara liderado por Laureano Machaca. Las limitaciones del “Estado del 52” dan pie a la formación del primer partido indianista, el Partido Agrario Nacional, PAN, en 1960. Después emergen varias organizaciones, entre ellas la más conocida por las referencias que da Fausto Reinaga en uno de sus libros, el Partido Indio de Aymaras y Keswas, PIAK. También tratamos de esclarecer cuál fue el peso real de Reinaga en el indianismo, siendo él en la actualidad el personaje más conocido de esta corriente.

En el tratamiento de nuestro tema no se puede obviar el papel de la iglesia y de algunas instituciones que tuvieron que ver con la realización de eventos internacionales referidos a los indios. Pero también tomamos como tema de análisis la formación, a finales de los años 60, del Centro de Promoción para el Campesinado MINK’A, asociación de profesionales aymaras y quechuas. Las actividades de esta organización, si bien no fueron explícitamente políticas, contribuyeron a la formación del indianismo y del katarismo. De hecho, estas corrientes, en cierto modo, estaban anidadas en tal organización, y fue en los ambientes de MINK’A donde se fueron delineando sus primeras diferencias y roces.

Tratamos también de ubicar el sentido político del Manifiesto de Tiahuanaco (1973), uno de los documentos más conocidos y que se lo presume fundador de los movimientos indígenas en Bolivia. Tratamos el tema de su autoría y su importancia en la prefiguración de las posteriores características del katarismo.

En el caso del MITKA, presentamos las dos corrientes que le dieron origen: la de Constantino Lima y la de Luciano Tapia, tratando de resaltar algunos aspectos vinculados a la vida de estos personajes y la forma en que llegaron a ser militantes indianistas. En el caso del MRTK, nos concentramos en su variante política y no en la sindical, ya estudiada por Javier Hurtado.

Los procesos electorales que se dan entre 1978 y 1979 merecen nuestra atención, pues darán formalidad al MITKA. También será en este corto lapso que se producirán las primeras manifestaciones de una división en esta organización; además es en este periodo, y por las premuras eleccionarias, que el MRTK surge. Trataremos de ver la forma en que se fue organizando el MITKA y cómo llegó a dividirse. En todo ello resaltaremos las ideas indianistas de aquel entonces, indicando el contraste entre ellas y lo que hoy está en boga como “pensamiento indígena”.

El estudio de este tema también nos obligará a referimos a un evento de suma importancia realizado en Cusco el año de 1980, pues tanto los preparativos como los personajes involucrados en él tienen que ver con el indianismo y con el surgimiento del pachamamismo. En este evento emerge el cosmovisionismo como fruto de las especulaciones de un personaje desconocido por los “sabios indígenas”, el peruano Guillermo Carnero Hoke, quien conducirá a Fausto Reinaga del indianismo al amautismo. Este evento tiene importancia también porque ilustra lo espinoso que es, en esta etapa histórica, el tema del dinero para indianistas y kataristas.

Tratamos también el tema de las divisiones que en los años 80 se dieron en el seno del MITKA y del MRTK, de la emergencia de multitud de pequeñas organizaciones que buscaron llenar el vacío creado, y de cómo ello condiciona el surgimiento de un nuevo líder, Felipe Quispe, quien buscaba superar al indianismo original con principios sustentados en la lucha armada. Finalmente, esbozamos apenas la emergencia de otro nuevo actor, Evo Morales, tratando de resaltar de qué manera este suceso es consecuencia del trabajo previo indianista y katarista, y si supone la culminación de este proceso y la limitación de sus proyecciones.

Deseamos con este trabajo incentivar el conocimiento y estudio de ese período, tan necesario, en nuestra opinión, no solo por el justo reconocimiento que merecen quienes fueron propugnadores de la liberación india en épocas y situaciones tan ingratas, sino por la influencia que tiene este conocimiento para formular, aquí y ahora, respuestas que contribuyan a consolidar este ansiado objetivo histórico.

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