El indigenismo como «nuevo comunismo”

El hispanocentrismo y el indigenismo como «nuevo comunismo”

Issac Enríquez Pérez / alainet.org
La preocupación que subyace en estas élites ultraconservadoras que apelan a la supuesta libertad de mercado es el cuestionamiento que experimentan las empresas ibéricas que invierten en América Latina.

Aclaración
Como preámbulo inicial comentamos que las reflexiones siguientes eximen al pueblo español que, en su acogida respecto a seres humanos foráneos, suele ser cordial y abierto a la diversidad cultural del mundo contemporáneo. Las referencias y opiniones de la columna se enfocan a sectores extremadamente conservadores de las élites políticas españolas que aún se identifican con una especie de “Destino Manifiesto” que los conduce a asumir que América Latina es aún jurisdicción de España y que esa región se debe en su construcción histórica enteramente a la península.

Los hechos últimos
El pasado 27 de septiembre del año en curso el cardenal Rogelio Cabrera, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, leyó ante el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, una carta escrita por el Papa Francisco en la cual, explícitamente, el Sumo Pontífice pide de nueva cuenta “perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”. Ese mismo día se conmemoraron en la nación Azteca los 200 años de la consumación de la independencia jurídico/política respecto a España.

El 28 de septiembre, de visita en Washington, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, declaró, haciendo referencia explícita a la solicitud de perdón del Papa Francisco, que se muestra sorprendida que un católico que habla español retome el tema de pedir perdón a los pueblos de América Latina respecto a los pecados cometidos por la iglesia católica durante la conquista española, ensalzando entonces el legado ibérico “que fue llevar precisamente el español, y a través de las misiones, el catolicismo y, por tanto, la civilización y la libertad al continente americano” ().

Desde días antes, en Nueva York, la misma funcionaria regional asestó el dicho infundado de que “el indigenismo es el nuevo comunismo” y que la hispanidad, el mestizaje y la fusión de culturas es uno de los mayores hitos de la historia, pues llevó a América Latina “libertad, prosperidad, paz y entendimiento”. La líder hace un símil del indigenismo con el populismo y a ambos los relaciona con la miseria y la pobreza que se padece en la América hispana.

El 30 de septiembre el ex presidente del gobierno español y también líder del llamado Partido Popular, José María Aznar, con el ánimo de ridiculizar, sentenció que él no se sumará a quienes piden perdón, “lo diga quien lo diga”. Al igual que Díaz Ayuso, embistió contra el revisionismo histórico y argumentó que el nuevo comunismo de Latinoamérica se llama indigenismo. Y “el indigenismo, que supone volver a las sociedades precolombinas o prehispánicas, sólo puede ir contra España y no contra Estados Unidos”.

Sus excesos se extendieron aún más, cobijado por el aplauso y risas fanatizadas de los asistentes a la Cuarta Jornada de la Convención Nacional del Partido Popular:

“¿Quién me dice a mí eso? Perdone usted. Con todos los respetos, 200 aniversario de la independencia de México. ¡Enhorabuena! Y ahora me cambia todas las cosas y dice que España tiene que pedir perdón, ¿y usted cómo se llama? Yo me llamo Andrés Manuel López Obrador. ¿Andrés por parte de los Aztecas? ¿Manuel por parte de los Mayas? López, eso es, es una mezcla de aztecas y de los incas. Y Obrador, de Santander.

Hombre, es que si no hubiesen pasado algunas cosas, perdone, usted no estaría allí, ni se podría llamar como se llama ni podría haber sido bautizado, digo, ni podría haberse producido la evangelización de América”.

Los derroteros del análisis
En estas intervenciones no solo reluce el ánimo ultraconservador y nativista de estas élites políticas ibéricas, sino también el desconocimiento de la historia y la negación de las masacres y epidemias que diezmaron a millones de pobladores nativos en el continente americano, que son parte consustancial de todo proceso de conquista, colonización, esclavitud, subsunción, y de implantación de nuevas instituciones.

Se obvia en ese discurso político victimizado por una supuesta “leyenda negra” que se impusieron los nombres y apellidos eliminando los propios de los habitantes autóctonos. Se impusieron también los símbolos religiosos y fueron destruidos los propios del México antiguo. Hay que decir también que el castellano se habla en México desde hace 500 años y que no es una deuda con España.

Y se habla con mayor vocabulario, respeto y conceptos que en la misma península. Además, cabe destacar que la religión católica es universal e históricamente tiene como epicentro a Roma y no a España, y que incluso esa misma religiosidad se practica de modos diferentes y sincréticas en la región latinoamericana y que no se parece a la manera en que se despliegan sus rituales en la península.

Más allá del chauvinismo o de una nostalgia respecto a  un pasado autóctono que los contemporáneos no conocemos a cabalidad, hay que decir que estos discursos ultraconservadores relucen un caduco hispanocentrismo que –tal como lo expresó el líder del Partido Popular, Pablo Casado, en esa misma intervención de José María Aznar– coloca el acento en una especie de supremacismo: “España es, solo después de Grecia y Roma, la nación o civilización más importante en la historia de la humanidad en cuanto a contribución respecto a  los demás países con el fenómeno de la hispanidad que nos tiene que enorgullecer a pesar de esa leyenda negra y de esa cultura de la cancelación…”.

La preocupación que subyace en estas élites ultraconservadoras que apelan a la supuesta libertad de mercado es el cuestionamiento que experimentan las empresas ibéricas que invierten en América Latina.

Los excesos, corrupción e impunidad de esas empresas y bancos, fueron y son cobijados por esas élites hispanas y por sus socias locales. Estas élites asumen que América Latina tiene una gran deuda con España y que ellas son las líderes naturales de la región.

Son élites que desde lustros atrás atizan el odio contra ciertos gobiernos latinoamericanos que no se alinean con los intereses extractivistas y rentistas de sus empresas y bancos (el “¿Por qué no te callas?”, de Juan Carlos de Borbón es un ejemplo claro de ello).

Enajenadas por esa “cruzada contra el populismo”, estas élites hispanas pierden toda referencia y autoridad en el mundo contemporáneo y hunden a su nación en el mismo anonimato del cual se quejan ellas mismas tras instigar prácticas bélicas en alianza con el atlantismo, tal como ocurrió en el año 2003 con el minúsculo papel desempeñado por el mismo Aznar en la invasión de Irak.

Más que creer este discurso nacionalista caduco de sentirse víctimas de una supuesta “leyenda negra” que comete injusticias con estas rancias élites es necesario no perder de vista el carácter monopólico que gozaron las empresas ibéricas desde lustros pasados y los privilegios que les brindaron las élites políticas latinoamericanas en lo que fue un nuevo proceso de acumulación originaria desplegado con las privatizaciones de empresas públicas o entidades bancarias y la desnacionalización de importantes sectores económicos estratégicos.

La salida
En estas élites hispanas subyace el racismo, el desprecio hacia lo diferente, su raigambre franquista, dictatorial y monárquica. Su intransigencia histórica los llevó a perseguir judíos y a líderes o seguidores de las ideas comunistas. Fueron capaces de masacrar en la llamada Guerra Civil en lo que fue la lucha entre hermanos más cruenta del siglo XX.

Son capaces de eliminar a quien piensa y es diferente, entonces es importante mostrar cuidado si se quiere hacer del indigenismo un pretexto a modo para una nueva cacería de brujas y si se pretende restaurar el viejo macartismo preñado de paranoia. Solo la deliberación franca, tolerante e intercultural facilitará salir de este laberinto neo-racista que pretende la denostación y la ridiculización de las élites de la región.

Sin líderes latinoamericanos que contengan y combatan diplomáticamente ese discurso que apela a viejas glorias de esas élites hispanas, América Latina corre el riesgo de quedar a la deriva y en el desamparo. Lo más apropiado será zanjar o pasar por alto esos falsos debates y colocar el acento en los grandes problemas mundiales a partir de las necesidades y prioridades nacionales.

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