Revolución Tupacamarista

A 239 años de la Revolución Tupacamarista y frente al Bicentenario

diariouno.pe / katari.org
No cabe duda que uno de los personajes más “incómodos” de la historia del Perú es José Gabriel Condorcanqui o Túpac Amaru, quien junto a su esposa Micaela Bastidas dirigió la revolución del siglo XVIII más importante de toda la América controlada por el Imperio Español.

Es incómodo porque logró desarrollar un proceso político que buscó la transformación y la liberación real del Perú. Es el líder de una burguesía andina comerciante que controló la economía de los Andes sur andinos. Una facción de clase que maduró gracias a las ideas liberales de la época. Una vanguardia que se ubicó al mismo nivel histórico de los líderes de la Revolución Americana y la Revolución Francesa.

Dos argumentos falaces que se han tratado de esgrimir contra la Revolución de 1780 es sostener que Túpac Amaru sólo buscó sus intereses y se “sublevó” contra los impuestos. Olvidan los “lúcidos” historiadores de la “Academia criolla” que; La burguesía francesa que lideró la Revolución de 1789 también luchó dirigida por sus propios intereses de clase social. Y, en la Revolución Americana, los impuestos fueron uno de los motivos que llevó a George Washington y compañía, a iniciar la lucha de liberación.

Dos facciones de burguesía que asumió el protagonismo histórico que los llevará a transformarse en clase dirigente. El camino histórico de Túpac Amaru y Micaela Bastidas era el mismo. La Revolución de 1780 tiene el mismo contenido de guerra de liberación nacional dirigida por una burguesía liberal; es decir, una clase de vanguardia e ideas progresistas.

Como en Lima jamás logró madurar una facción de clase igual; y, por el contrario, sólo buscaban los beneficios del poder colonial, es que Túpac Amaru resulta incómodo para los historiadores que temen la verdad histórica.

Jorge Basadre señaló que “La historia del Perú independiente no empieza con la expedición de San Martín sino mucho antes”.

La pregunta es ¿A qué se refirió Basadre cuándo propuso que la “Historia del Perú Independiente” empezó mucho antes de la llegada de José De San Martín a costas peruanas en septiembre de 1820?

La respuesta puede ser que, Basadre consideró que las luchas revolucionarias por la independencia se iniciaron el 4 de noviembre de 1780 cuando, José Gabriel Condorcanqui Nogueras, Túpac Amaru, proclamó el inicio de la revolución indígena-negro-mestiza y criolla más grande del continente americano, y dentro de ese hecho histórico de trascendencia mundial, el Perú inició su historia como país independiente ya que, Túpac Amaru logró controlar un territorio propio, dentro del cual, declaró la libertad de los esclavos y el fin del trabajo de la Mita.

Es decir, Túpac Amaru instauró un Estado que legisló y aplicó justicia con criterio autónomo, dentro de su propio espacio territorial, lo cual, no terminó con la muerte del líder (mayo de 1781) sino continuó hasta 1782 cuando los españoles negociaron el fin de la revolución. Posteriormente, el Estado español traicionó el tratado con el Estado Tupacamarista e inició una represión que abarcó desde lo legal hasta lo cultural.

Además, los bandos de los revolucionarios atacaron directamente la base económica del poder colonial e imperial de España en América. El trabajo gratuito que lograron obtener de las grandes mayorías indígenas (Mita), y la explotación de un sector de seres humanos cosificados (Esclavos). Además, el hecho de proclamarse Rey Inca determinó desconocer directamente a la monarquía española y su poder político sobre nuestras comunidades.

A pesar de ello, el Perú ya era un territorio donde los pueblos del interior buscaban su independencia. Claro que, esta visión no será compartida jamás por aquellos historiadores que representan los intereses de las minorías en el poder político-económico del país.

Ellos, tendrán como principal argumento que “los documentos no dicen eso”, como si el trabajo del historiador fuese simplemente copiar lo que dicen las fuentes; por el contrario, la labor del historiador es interpretar el contenido de las fuentes. Además, estos historiadores que sólo representan el interés de las minorías, aplauden cuando se trata de hacer ucronía.

Ya, desde 1781, las llamadas “élites”, se oponían en forma pública contra cualquier intento de mirar al país en forma libre e independiente. En su Elogio del Excelentísimo Señor Don Agustín de Jáuregui y Aldeoca, José Baquíjano y Carrillo indicó que:

“El fiel americano te ama, venera y respeta: la bondad de tu corazón le es bien conocida. Dispensa la infame delación que calumnia a tus Pueblos, sorpréndele en los artificios en que intente ocultarse; fija contra ella el ojo severo de tu indignación pues pretende dividir al padre de los hijos y formar ese cruel divorcio del Vasallo y del monarca, es digno de tu enojo y que perezca víctima del abatimiento, la execración y el odio”.

Se nota claramente la posición pro hispánica del Conde José Baquíjano y Carrillo cuando exige al virrey Jáuregui que impida ese deseo de Túpac Amaru, y sus miles de seguidores, “de formar ese cruel divorcio del Vasallo y del monarca”.

Era impensable para la élite criolla limeña –grandes comerciantes y hacendados con títulos nobiliarios- la posibilidad de destruir el sistema colonial. Alberto Flores Galindo demostró que:

“La culminación en la carrera de un comerciante fue casi invariablemente el ingreso a alguna orden nobiliaria. En Lima, durante la segunda mitad del siglo XVIII, se produce una verdadera inflación de títulos: ascienden casi verticalmente, de ocho durante el quinquenio 1761-1765 a cincuenta y tres entre 1786-90, y en el lustro siguiente, noventa y uno”.

Una “élite” que estaba más interesada en comprar títulos nobiliarios que demostrasen su nuevo estatus social. Una “élite” educada y culta que jamás se interesó en forjar un país.

Un bicentenario de minorías
El Doctor Alberto Tauro Del Pino señaló que durante varios días del mes de julio de 1821 todos los ciudadanos de Lima acudieron a firmar el Acta de la Independencia. Luego aclara que:

“Decimos que el Acta de la Independencia fue suscrita por todos los habitantes de Lima. Y para ello atendemos a la cifra de 52,627, que fija el censo efectuado bajo el gobierno del virrey Francisco Gil de Taboada y Lemus, en 1791. A dicha cifra debe restarse: 13,479 esclavos, y 4,332 indios, pues unos y otros estaban sometidos a régimen de tutela; 10,023 individuos pertenecientes a las castas libres, y 11,898 mujeres; y, por añadidura, 2,187 clérigos y monjas.

O sea, que el núcleo decisorio de la población ascendía únicamente a 10,708 habitantes; y para llegar a un cálculo exacto, con respecto al número de personas con aptitud para ejercer sus derechos civiles, aún habría que deducir las cantidades correspondientes a los españoles emigrados con el ejército realista y a los niños. De modo que las 3,503 firmas que aparecen en la memorable Acta representan a todos los ciudadanos que entonces existían en Lima”.

Es decir, fue una minoría la que tuvo el “honor patrio” de firmar el Acta de la Independencia del Perú y con ello, pasar a la historia del país como los “padres de la patria” y “fundadores del Perú”. De esta forma, y de manera consciente, elaboraron un documente innegablemente histórico, en el cual, las nuevas generaciones encontrarían los nombres y apellidos de los peruanos que “lucharon decididamente por la independencia”.

Nuevamente, los historiadores de las minorías argumentarán que “sólo debemos limitarnos a copiar los nombres de los 3,503 peruanos que firmaron el Acta de la Independencia”, cualquier interpretación del por qué de este hecho, huelga, está demás, será meramente un antojo o una elucubración mental seudo intelectual –y quizás- anti peruana.

Pero, ¿Cuál fue el motivo que llevo a esta “élite” comercial-hacendataria con títulos nobiliarios a firmar el Acta de la Independencia? La respuesta es: el temor. El miedo. El pavor. No permitir a nadie que les arrebate su poder de minoría ilustrada y adinerada.

Alberto Flores Galindo señala que el 5 de julio de 1821 las tropas españolas dirigidas por el propio virrey José La Serna, dejaron Lima rumbo al Castillo del Real Felipe en El Callao. “Apenas corrió el rumor de la partida de La Serna, se propaló un vago temor ante lo que pudiera pasar, que a las horas se convirtió en un ostensible pánico.

Un sector de la aristocracia optó por esperar a los patriotas, pero la mayoría pensó en seguir la ruta que llevaba a los castillos del Callao o, por el contrario, refugiarse en algún convento, iglesia o ponerse bajo la protección de un navío extranjero en el puerto…El miedo de la aristocracia acabó por alentar un motín popular”.

Esta “élite” se sentía protegida por los españoles, mejor dicho, por los ejércitos españoles acantonados en el país. Gracias a esa protección, ellos gozaban de grandes beneficios como educación, comercio, haciendas, esclavos y cierto poder político.

La ausencia del ejército español, que en ese momento crucial era sinónimo del poder político de España, significó una “grave amenaza” contra esta “élite”, siendo ello, el principal factor de su tardía –y forzada- adhesión a la “causa patriota”. El temor a los esclavos, el temor a los indígenas, el temor a las masas. En forma de Testimonio, Basil Hall anotó que:

“Esta era la creencia, intencionalmente propagada, y acogida con el ansia enfermiza del terror, de que la población esclava de la ciudad pensaba aprovechar la ausencia de las tropas para levantarse en masa y masacrar a los blancos”.

Este es el testimonio de un testigo de la Independencia de 1821. La “élite” se plegó a los patriotas más que por un verdadero y honesto fervor nacionalista; por un simple pero auténtico temor y terror a los esclavos, a sus esclavos. Temían ser degollados como alguna vez lo hizo Túpac Amaru con los españoles que explotaban a los indígenas campesinos y pobres.

Las imágenes del terror volvían en forma de amenaza. Una amenaza muy real. Bien valía la pena dejar de lado los uniformes de España y calzarse los uniformes patriotas. Así, fueron muchos los que pasaron de un bando a otro. Y muchos de estos golondrinos llegaron a ocupar altos cargos en el Ejército del Perú e, incluso, la Presidencia de la República.

El general Francisco Salazar fue realista; el general Domingo Tristán fue realista; el Mariscal Agustín Gamarra fue realista; el general Antonio Gutiérrez de la Fuente fue realista; el general Juan Salazar y Carrillo fue realista; etc.

Frente al Bicentenario de la Independencia del Perú, se hace necesaria una historia donde se encuentren todos los rostros de los peruanos. Dejar de lado esa historia tradicional –y reaccionaria- de memorizar nombres de “grandes peruanos” por buscar entender los verdaderos motivos de la presencia de tropas argentinas y venezolanas.

Es por ello que los sectores más conservadores se han unido con aquellos sectores que detestan al movimiento popular y tratan fallidamente de gestar ideas contra la Revolución de 1780 dirigida por Túpac Amaru, Micaela Bastidas y un grupo de mujeres valientes lideraron ejércitos y tomaron decisiones.

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