Bolivia: Triple derrota del imperialismo y las oligarquías

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Triple derrota del imperialismo y las oligarquías

Eduardo Paz Rada / katari.org
El pueblo boliviano reconquistó la democracia suprimida por el Golpe de Estado de noviembre de 2019 con las masivas movilizaciones de agosto último y con las elecciones del 18 de octubre produciendo una triple derrota del imperialismo norteamericano y de las oligarquías locales y sus representantes políticos: socio-cultural, política y moral y, al mismo tiempo, ha respaldado plenamente al proyecto nacional-popular del Movimiento Al Socialismo (MAS) con sus candidatos Luis Arce y David Choquehuanca y abierto la ruta de la unidad de la Patria Grande con la integración emancipadora de América Latina y el Caribe.

A medianoche del domingo, día de las elecciones, una empresa privada de encuestas, CiesMori, y una asociación de instituciones bajo la coordinación de la Fundación Jubileo de la Iglesia Católica, ambas adversas al MAS, después de cuatro horas de retraso y de tensión social y política, hicieron públicos los resultados del “conteo rápido” y de “boca de urna” con resultados que dan la mayoría absoluta al MAS (52% sobre 31% la primera y 53% sobre 30% la segunda) sin considerar la votación en el exterior del país que también es favorable al MAS.

La contundencia del triunfo político-electoral hizo que la presidenta de facto, Jeanine Añez, el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, y los dirigentes políticos y candidatos que impulsaron el Golpe de Estado de noviembre de 2019, Carlos Mesa, Jorge Quiroga y Fernando Camacho, reconocieran la decisión del pueblo en las urnas. Entretanto en las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, que también fueron protagonistas del Golpe y de las masacres de Senkata en El Alto y Sacaba en Cochabamba, se presentaron fuertes críticas internas a sus mandos superiores por respaldar un gobierno ilegal e ilegítimo, denunciado por incapaz y corrupto en la compra de respiradores e insumos médicos en medio de la pandemia, y en la compra de armamento policial para la represión.

La lucha contra el racismo, la discriminación y la exclusión de los pueblos indígenas, identificados de “hordas”, “salvajes”, “inhumanos” por las autoridades que descalificaron sus tradiciones, costumbres y símbolos como la bandera whipala, así como contra la supremacía religiosa fundada en la ortodoxia cristiana, dio sus resultados con la afirmación del Estado Plurinacional que pretendía ser desconocido y por el protagonismo de las poblaciones indígenas como participes directos de las decisiones y de las listas parlamentarias del MAS.

Dirigentes de los sindicatos de la Central Obrera Boliviana (COB), de los movimientos populares como indígenas, campesinos, interculturales, mujeres populares o vecinales organizados en el Pacto de Unidad (PU) están presentes en las listas de senadores y diputados electos y serán mayoría en la Asamblea Legislativa. Una tarea fundamental será la de asegurar la coordinación y articulación entre los distintos sectores sociales y regiones del país, tarea que Evo Morales, Presidente y Jefe de campaña del MAS, ha desarrollado con importantes resultados durante veinte años.

La derrota moral de la oligarquía y el imperialismo tiene varias facetas: por una parte la falacia de que en las elecciones de octubre de 2019, cuando Morales ganó con el 47% de votos, se habría producido un fraude electoral y generó una narrativa en los medios de comunicación dominantes, en la jerarquía de la iglesia católica, en los centros académicos, en los Comités Cívicos conservadores y particularmente en Luis Almagro de la OEA, que han sido desmentidos totalmente por estudios especializados de universidades y centros de investigación de varios países. Por otra parte la sostenida negación de que se produjo un Golpe de Estado cuando las evidencias destacan el Motín Policial, la actuación de los mandos militares y las masacres de Senkata y Sacaba con 37 muertos y casi un millar de heridos.

Finalmente la vergonzosa actuación exterior con la ruptura de relaciones con Cuba e Irán, la expulsión de los médicos cubanos, la adhesión voluntariosa a las políticas de Washington, la incorporación pronta al Grupo de Lima, la apertura de relaciones con Israel y el reconocimiento como “presidente” de Venezuela al fantoche Juan Guaidó, Asimismo las acciones de destrucción de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) y del debilitamiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

Todo esto fue negado por el pueblo boliviano y manifestado un reconocimiento a la integración liberadora de América Latina y el Caribe y a los gobiernos de Alberto Fernández de Argentina, Andrés López Obrador de México, Nicolas Maduro de Venezuela y Miguel Diaz-Canel de Cuba, así como un repudio a la OEA de Almagro, a la injerencia de Donald Trump de Estados Unidos y de Jair Bolsonaro de Brasil. La experiencia del exCanciller David Choquehuanca, ahora como Vicepresidente, será muy importante en la reconducción del lugar de Bolivia en la geopolítica regional y mundial.

Los desafíos económicos del flamante gobierno son los más difíciles, tanto por la crisis sanitaria como por el desgobierno que malgastó más de dos mil millones de dólares, buscó créditos condicionados con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que fueron rechazados por la Asamblea Legislativa y provocó un decrecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de más del 10% (cuando en los catorce años anteriores se había crecido al 4.7% promedio anual) y la subida de la pobreza y la extrema pobreza cuando se habían reducido del 60% al 35% la primera y de 36% al 15% la segunda.

El presidente electo Luis Arce, como Ministro de Economía de Evo Morales, consiguió importantes y exitosos resultados económicos durante 14 años después de la nacionalización de los hidrocarburos y la recuperación de empresas estatales e impulsó el fortalecimiento del mercado interno con la redistribución de la riqueza y la industrialización y del Estado Nacional para garantizar la soberanía, la dignidad y la autoestima nacionales.

Se abre un nuevo momento del proceso de liberación nacional y de la unidad de la Patria Grande en Bolivia aunque se deberá estar atento a las jugadas del gobierno norteamericano que perdería un espacio político importante en la región y de las oligarquías locales que han sido derrotadas nuevamente por el movimiento nacional-popular.

 

Oponer a la reacción de la derecha, la unidad del pueblo organizado

Carlos Aznárez / katari.org
La derecha boliviana no puede soportar el cachetazo, en forma de avalancha de votos, que ha recibido el 18/O. Es indudable que en su ADN está marcado a fuego el odio, el resentimiento, el racismo, el revanchismo y el nulo sentido común para aceptar que las cosas no siempre son como ellos creen que son.

Por más dinero que gastaron en sus campañas electorales, por más mentiras que se inventaron sobre la dirigencia del MAS, no pudieron con el veredicto del pueblo. Ni siquiera controlando todo el poder del aparato estatal y apelando, como hizo el ultra fascista ministro Murillo, a la militarización agresiva de cada una de las ciudades.

La gran mayoría de la población boliviana habló muy claro. Pacíficamente, a través de un aluvión de papeletas a favor del binomio Lucho Arce y David Choquehuanca, aplastó a la dictadura.

Ahora, como ya hicieron durante la primera elección que les ganó Evo y repitieron en la última, desencadenando el golpe de Estado, la derecha más cerril canta “fraude” y convoca, otra vez desde su bastión de Santa Cruz, a la “resistencia civil” , al “paro cívico”, a “bloquear” y un montón de barbaridades más, que ni ellos mismos están seguros de llevar a cabo.

Por su lado, la dictadora Áñez se suma a la cruzada y desconociendo las decisiones del Parlamento, restaura en sus cargos al criminal de Sacaba y Senkata, Arturo Murillo y a su adláter Víctor Hugo Cárdenas. Provoca la señora Áñez, como también lo hace su ministra de Exteriores Karen Longaric desempolvando en la OEA nuevamente el verso del “fraude de 2019” y despotricando contra Evo Morales. Esta gente no tiene cura dentro de su enfermedad autoritaria.

Por otro lado, verlo a Fernando Camacho llorando el día en que los resultados lo golpeaban con la realidad, hacía prever que no se iba a quedar tranquilo, a pesar de ganar su partido a nivel local. De allí, que en las últimas 24 horas se dedicó, como energúmeno que es, a agitar a sus acólitos. A llamar a otros «comités cívicos” como el de Oruro y Cochabamba y convocarlos a movilizarse.

Sin embargo, Bolivia ya no es la que él cree, puede tener todavía una banda de adeptos, blanquitos, xenófobos, mercenarios violentos (como los de la Unión Juvenil Cruceñista o los cochabaminos de la Resistenca Cochala) pero su prédica destructiva parece no arrastrar multitudes como en otras épocas.

No se quieren convencer Camacho ni tampoco Murillo que este 53% de los votos del MAS, no solo es del campesinado, los indígenas, los trabajadores y las capas más humildes de la población, sino que también a Lucho y David los votó una gran franja de la clase media que quizás en otros tiempos podían ser seducidos por los cantos de sirena de este descerebrado cruceñista que se cree amparado por una fuerza divina que le da el hecho de portar una Biblia debajo del brazo.

No obstante la debilidad de esta derecha a la que hasta Washington comienza a darle la espalda, dándose cuenta que la masividad del voto masista no deja lugar a dudas por donde quiere caminar el pueblo boliviano, no hay que descuidar las espaldas.

Detrás de cada uno de estos fanáticos fundamentalistas que hoy llaman a desconocer el triunfo, se mueven también algunos empresarios (Camacho puso énfasis en convocarlos «a dar la pelea»), militares, policías y fanáticos de algunas iglesias evangelistas pentecostales.

En conjunto son muy mala gente, capaz de generar bolsones de odio racista y querer así ensombrecer este período de transición hasta que asuma el nuevo gobierno. Frente a ellos, sin caer en provocaciones, las organizaciones populares deben estar muy alertas para defender su victoria que nadie podrá arrebatarles. También, es importante que la solidaridad latinoamericana a nivel de los pueblos no afloje y se mantenga tan fuerte como se demostró durante toda la campaña electoral.

Por último, vale tener en claro que Bolivia es hoy un símbolo de que las dictaduras no son invencibles pero también un faro continental, de la misma manera que el pueblo chileno en las calles, para que el fascismo, hoy duramente golpeado en la tierra de Túpak Katari y Bartolina Sisa, no tenga opciones de resucitar.

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