Bolivia. Lo que Estados Unidos no entiende

Lo que Estados Unidos no entiende

Juan Carlos Zambrana Marchetti, resumenlatinoamericano.org
No es extraño encontrar en los círculos académicos de Estados Unidos, una profunda incomprensión sobre lo que es Bolivia. Se nota el desprecio y el paternalismo de estos intelectuales de Derecha que se sienten parte del centro gravitacional civilizatorio, al referirse a una Bolivia que entienden como lo más imperfecto y lejano de la periferia.

Hay, por ejemplo, quienes se burlan del indigenismo boliviano, y de la relevancia que ha tenido Bolivia en las Naciones Unidas, en defensa del agua y de la Madre Tierra. Desde esa perspectiva de excepcional superioridad cualitativa, quizá les parece ridículo que un país como Bolivia:  pequeño, empobrecido, con industrias extractivas, y sin buen manejo de la basura, pueda ser un líder mundial del ambientalismo.

La verdad es que Bolivia ha estado apoyando desde al año 2009 iniciativas en las Naciones Unidas, para establecer entre los Derechos Humanos el acceso al agua, y para establecer también los derechos de la Madre Tierra.

Eso fue una consecuencia directa de la llegada del indígena Boliviano al poder en el año 2006, no solo a gobernar, sino también a pensar y entender su país, y su entorno, por primera vez, desde la perspectiva de su cultura ancestral. Todo eso generó una ola de revalorización de las culturas originarias que desembocó en un nuevo paradigma para entender la vida y para hacer política.

Fue así como las propuestas bolivianas no sólo fueron compatibles con proyectos ya existentes en la ONU, sino que además les añadieron el rostro humano a las ideas abstractas. Veamos, por ejemplo, cual es la razón para que la experiencia boliviana haya sido un buen símbolo mundial para la defensa del agua.

Para empezar a entender esta incomprensión, hay que partir de la realidad que impera en Estados Unidos, donde el agua es un gran negocio, ya que la gente se ha acostumbrado a comprarla en botellas o en galones a precios elevados. Esas mismas corporaciones también van a países mucho más pobres, y mediante contratos fraudulentos con gobiernos corruptos, se apoderan de los reservorios naturales de agua, la privatizan, y la convierten en un lujo prohibitivo para el pueblo.

Eso exactamente fue lo que sucedió en Bolivia en el año 2000. El agua fue entregada a la transnacional Bechtel, de San Francisco, California. Los precios se triplicaron, llegando a absorber un tercio del presupuesto familiar, pero la voracidad transnacional demostró una vez más no tener límites.

El contrato leonino le daba a Bechtel la propiedad de todas las posibles fuentes de agua incluida las represas, lagos y hasta el agua de la lluvia. La factura impaga le daba además la facultad de embargar el inmueble del usuario y rematarlo.

En el mes de febrero del año 2000 el pueblo de Cochabamba salió a las calles a defender la propiedad del agua y a pedir la expulsión de Bechtel. El gobierno pro-Estados Unidos del general Hugo Banzer Suarez reprimió la protesta y declaró estado de sitio, pero el pueblo boliviano se mantuvo firme y después de un muerto y 170 heridos en lo que se llamó la guerra del agua, logró su objetivo de expulsar de Bolivia a la empresa transnacional Bechtel.

Evo Morales llega al poder en el 2006, refunda el país para iniciar su proceso de cambio, e incluye el agua en la nueva constitución política del Estado Plurinacional, no sólo entre los derechos fundamentales que tiene el ciudadano, sino también entre los recursos naturales que son de propiedad y dominio directo, indivisible e imprescriptible del pueblo boliviano. Ese mismo Artículo (349), le da al Estado la responsabilidad de su administración en función del interés colectivo.

Eso es interpretado como una herejía en Estados Unidos, pero no porque Bolivia esté equivocada, sino porque estos dos países parecen pertenecer a dos universos diferentes.

Por lo menos a dos cosmovisiones diferentes, lo cual nos lleva a otro patrimonio universal que Bolivia está proponiendo rescatar, y que la USESCO ya incluye entre los nuevos marcos Ético-políticos de Latinoamérica, junto con la diversidad cultural y la identidad para la construcción de sociedades más justas.

La filosofía del Buen Vivir.1 La cual contrasta con el Vivir Mejor que aplica Estados Unidos y en general todo el hemisferio occidental. Básicamente, una de las diferencias es que el Vivir Mejor no tiene límites en su voracidad de acumulación, lo cual es insostenible y depredador. El Buen Vivir, por el contrario, es una filosofía de vida que incluye un concepto de desarrollo sostenible, y por lo tanto tiene un límite en la acumulación de fortuna.

Vivir Bien o Buen Vivir, es la vida en plenitud. Es saber vivir en armonía y equilibrio, en armonía con los ciclos de la Madre Tierra, del cosmos, de la vida y de la historia, y en equilibrio con toda forma de existencia. Y ese justamente es el camino y el horizonte de la comunidad; implica primero saber vivir y luego convivir. No se puede Vivir Bien si los demás viven mal, o si se daña la Madre Naturaleza. Vivir Bien significa comprender que el deterioro de una especie es el deterioro del conjunto.2

Como puede observarse, esa cosmovisión ancestral coincide, en muchos aspectos, con el concepto de desarrollo sostenible que ya existía en las Naciones Unidas, pero, una vez más, Bolivia le da un rostro humano a la idea abstracta. Le añade una dimensión filosófica, un sentido social y cultural, y demuestra que es una forma de vida viable.

En la esfera política, esto significaría que el indígena boliviano, por su cosmovisión, ha llegado a ser un buen símbolo mundial para la reivindicación de las culturas originarias, de los pobres, de los sectores reprimidos y postergados, y por supuesto, también de la defensa de la madre tierra.

Quizá quienes menosprecian a Bolivia en Estados Unidos, ignoran lo que significa ser una cultura milenaria. Por ejemplo, que cuando los blancos ingleses empezaron a colonizar lo que ahora es Estados Unidos, y a imponer un modelo productivo depredador e insostenible que incluyó exterminios indígenas, apropiación de territorios, y esclavismo para acumulación de riqueza personal, los indígenas en la región andina ya habían estado cultivando la tierra durante miles de años con un modelo productivo comunitario y sostenible.

Para desarrollar la agricultura y ganadería en condiciones climáticas tan adversas como las del Altiplano, tuvieron primero, que observar el universo. Las alineaciones planetarias, y los efectos en el comportamiento de la tierra y el clima. Desarrollaron una concepción circular del tiempo.

Crearon instrumentos de medición de tiempo como los relojes solares. Tuvieron que interpretar y graficar planos de vida, campos energéticos, y el ciclo solar que incluye solsticios y equinoccios. Llegaron a establecer un exacto y eficiente calendario agrícola para miles de especies diferentes en el mismo terreno pedregoso.

Fue así como lograron multiplicar las especies, por ejemplo, de papa, cada una adaptada para resistir el clima en un momento dado, aprovechando así su única ventana de tiempo posible para ella.  En otras palabras, lograron vencer la adversidad climática para vivir en armonía con la naturaleza.

Ese modo de vida estaba tan arraigado en la madre tierra, el sol y el alto valor del agua, que aprendieron a respetarlos. Por eso, entre otras cosas, el Estado Plurinacional de Bolivia, que ahora ha rescatado esos valores ancestrales, es un buen símbolo para muchas causas no sólo ambientalistas, sino además civilizatorias.

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